AMORES PROHIBIDOS (DIARIO DE UN HOMBRE) 2ª PARTE

SINOPSIS

Nueve meses después de iniciar la cibernética relación con Eva, ese amor tan romántico, idílico y platónico lleno de sensualidad y erotismo que surgió de forma tan espontánea como imprevista, mostraba evidentes signos de agotamiento. Pese a todos sus esfuerzos Alejandro no consigue recuperarlo, y el cibersexo que antes practicaban juntos con la simpatía y la pícara ingenuidad casi adolescente de Eva, va dando paso a fantasías sexuales cada más morbosas y transgresoras que se materializan en diversos encuentros reales.

Aflora el lado más oscuro de Alejandro, aquél que mantuvo reprimido durante todo su matrimonio con María, y que ahora, con la complicidad de Eva, alcanza una lujuria sin límites.

Pero sin bien Alejandro consigue hacer realidad todas sus fantasías sexuales, la ausencia de romanticismo y la progresiva frialdad y distanciamiento de Eva le arrastran nuevamente a la nostalgia y la desazón. El fantasma de Raquel vuelve a aparecer reclamando lo que un día fue suyo, y el virus de la culpabilidad también, sometiéndole nuevamente a la tortura del desamor, del fracaso sentimental y al tormento de su conciencia por el dolor causado a sus seres más queridos.

El recuerdo de Raquel y los mágicos momentos de amor vividos con ella se hacen cada vez más presentes en la diaria soledad de Alejandro, provocándole nuevamente una fuerte crisis emocional. Será entonces cuando conozca a Candela, una mujer diferente que arrastra también un pasado traumático que aún no ha logrado superar. Alejandro se enfrentará nuevamente al reto de una decisión tan dolorosa como trascendental en su vida. Una elección que no admite matices. Una nueva oportunidad para encontrar la felicidad.

COMENTARIOS DE LA NOVELA

Diario íntimo, reflexivo, crítico y descarnado con el que Alejandro, un arquitecto en plena madurez, desnuda su adicción al amor y al sexo desde los tiempos de su adolescencia, en un intento por comprenderse a sí mismo y reconstruirse nuevamente.

Una novela romántica, emotiva y apasionada llena de sensualidad y erotismo, fiel reflejo de la personalidad de su protagonista.

Historias que suceden muy cerca de ti, que pasan a tu lado casi rozándote, que te susurran al oído tentaciones, fantasías, deseos…, mientras tu pareja está en tu casa, a tu lado, ajena por completo a tu secreto. Amores clandestinos, amores inconfesables, amores prohibidos.

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FRAGMENTOS DE LA OBRA

LA FOTO DE RAQUEL

 

 

—Hola Raquel.
—Hola Alejandro.
—¿Te llegó el correo con mi foto?
—Sí, sí, lo vi esta tarde antes de cenar.
—Pues ya sabes cómo soy.
—Sí, lo sé. De hecho la estaba viendo ahora de nuevo mientras te esperaba.
—¿Y?
—Pues nada, que la tengo aquí delante.
—Hay que ver lo que cuesta arrancarte cualquier opinión, pero algo me tendrás que decir, salvo que quieras salir corriendo ahora mismo.
—Verás, para mí el físico es secundario, no te la pedí para saber si eras guapo o feo, sino para ver la expresión de tus ojos, la sensación general que me producía ver cómo eres en realidad.
—¿Y qué sensación te ha dado?
—Me pareces un hombre amable y educado.

No sabía muy bien como tomármelo. Algunas mujeres me habían halagado con ese apelativo tan impreciso como el de “interesante”, como pasó con Patry, pero en esta ocasión no había llegado siquiera a ese nivel.

—Pues aunque uno a sí mismo se suele juzgar con bastante benevolencia, efectivamente me considero un hombre amable y educado.

—A partir de ahora cuando hable contigo tendré presente tu imagen y me resultará más fácil expresarme. Ya no lo haré ante un completo desconocido en la impersonal ventana de un chat. Lo haré con el hombre que he visto en esa foto.
—Me parece bien y te entiendo perfectamente, pero lo suyo sería que me correspondieras de igual forma, ¿no?

En realidad no tenía interés en saber cómo era Raquel. Desconocía la razón pero tenía la intuición de que no me resultaría atractiva, más bien lo contrario, —y más después de mi aventura con Patry—, y que eso de alguna forma pudiera influir en la relación de confianza que hasta ese momento tenía con ella. Prefería dejarme llevar por esa serenidad y comprensión que me había deparado, por esa sensación tan dulce que a veces me transmitía, manteniendo su físico en el anonimato. Quizá cuando la viera ya dejaría de tener esas sensaciones. Pero de alguna manera me veía obligado a pedírsela, pensaba que hasta le resultaría extraño que no lo hiciera, y por otra parte también sentía cierta curiosidad.

—El caso es que no tengo fotos mías.
—Vamos Raquel, eso no se lo puede creer nadie.
—Verás, tengo algunas, pero estoy con mi familia, con mis hijos…, no tengo una en la que esté yo sola. De hecho ni siquiera tengo cámara digital.
—Bueno, pues ya sabes que me la debes.

Es curioso pero sentí un cierto alivio. Tenía mucho más miedo a que su imagen me pareciera la de una mujer vulgar sin la sensibilidad que yo le atribuía, que verificar la posibilidad de que me gustase. De este modo, sin saber cómo era, todo podría seguir siendo igual, y yo me sentiría muy bien conversando con ella.

Esperaba algún tipo de respuesta a lo que yo le había escrito pero no aparecía nada en la ventana del chat. Igual era una momentánea pérdida de conexión, algo bastante frecuente entonces, así que esperé durante unos cuantos segundos más hasta que finalmente le escribí:

—¿Estás?

Seguía sin responder. Estaba claro que se había “caído”, o bien que algún suceso en su casa le había hecho abandonar momentáneamente su presencia ante el pc. No era la primera vez que ocurría, los niños se peleaban a veces y ella tenía que levantarse a poner paz. Pero pensándolo bien era bastante tarde, y seguro que ya estaban acostados. Mientras reflexionaba sobre los posibles motivos de su ausencia apareció una frase suya en la ventana de conversación.

—Perdona Alejandro, es que estaba haciendo una cosa.
—No pasa nada Raquel. Te estaba esperando. ¿Ha ocurrido algo?
—No, no, nada. Te acabo de enviar un correo. Ese ha sido el motivo de que no pudiera escribirte en ese momento.
—¿Un correo? Ah, pues sí, me acaba de entrar uno, y es el tuyo porque viene tu nombre en el remitente. ¿Te importa si lo abro ahora?
—Claro que no, para eso te lo he enviado.

Lo abrí en ese instante. No había nada escrito, tan sólo adjuntaba un archivo en formato jpg. Pinché en él y al cabo de unos segundos apareció su foto. Me quedé absolutamente embobado con la primera impresión, de ningún modo me la habría podido imaginar así. Si tuviera que resumirla con un solo adjetivo diría que me pareció un ángel. Recuperado de ese primer instante de sorpresa y con una inexplicable emoción en mi interior, me dispuse a fijarme en los detalles. Resultaba evidente que se trataba de una instantánea captada por su webcam, y con toda probabilidad en el momento anterior en el que parecía haber estado ausente del chat. La cámara debía estar situada a un lado del ordenador, a la altura de sus ojos, así que se la veía levemente de lado. Un primer plano en el que además de su rostro se podían observar sus hombros desnudos y los tirantes de una supuesta camiseta de color blanco que debería llevar en aquella calurosa noche de julio. Lo que más llamó mi atención fue la expresión de sus ojos. Pese a la escasa resolución de la imagen observaba en ellos un sinfín de sensaciones que incluso podía llegar a jerarquizar; en primer lugar complacencia, ilusión y cierta expectación, probablemente por saber cuál sería mi reacción al verla. Serenidad y también tristeza interior. Unos ojos profundos en los que parecían estar presentes todas aquellas imágenes que aún no había podido borrar de su memoria. Hablaban por sí mismos, como si narraran historias, todas las huellas de sus vivencias anteriores parecían estar presentes en ellos sin posibilidad alguna de ocultarlas o enmascararlas. Una mirada franca, sincera, expuesta, valiente y con algo de resignación. Parecía decir “esta soy yo, es lo que hay”. Pero a la vez también muy dulce, tierna, tímida, sin rencor ni resentimiento.

—Alejandro, ¿estás ahí? —escribió Raquel en el chat.
—Sí. Estoy viendo tu foto. Dame unos segundos más, por favor.

Con su pregunta, a todas luces impaciente, Raquel interrumpió mis pensamientos, y me apresuró a fijarme en el resto de detalles de su imagen. Tenía un pelo largo y lacio de color castaño algo cobrizo que le caía por los hombros y que en el lado del perfil más visible había recogido por detrás de su oreja para que pudiera apreciar mejor todo su rostro. Delgado, anguloso, nariz prominente, barbilla atrevida, labios finos y cerrados en ese momento esbozando una leve y contenida sonrisa. Volví a fijarme en su pelo, espontáneo, natural, con mechones que se escapaban aleatoriamente de él como rebelándose a estar junto a los demás. Se notaba que ni siquiera se había pasado el peine antes de hacerse la foto. No se apreciaba el más mínimo atisbo de coquetería en ella. La cabeza algo ladeada apoyando la mejilla opuesta en su mano, el pulgar cerca de su oreja, el resto se sus dedos doblados cerca de la sien, la mirada fija en la pantalla del pc, quizá en la ventana de nuestra conversación o en mi foto que dijo estar visualizando en ese momento. Se veía parte del respaldo de su silla y una pared lateral muy próxima a ella con dos tonos de color naranja, el inferior a modo de zócalo de altura superior a la de la silla más oscuro, rematado por una especie de cenefa en el mismo color.

 

 

 

—Alejandrooo, vale ya.
—Perdona Raquel. Lo siento, es que me he quedado bobo mirándote.
—Anda ya. Soy una mujer corriente.
—A mí me pareces un ángel caído del cielo.
—No me gustan los halagos, entre otras cosas porque no me los puedo creer. Así que ahórrate piropos.
—Podría estar hasta la madrugada describiéndote todo lo que he visto en esa imagen, y el efecto que me ha producido, pero sé que no me ibas a creer, y además no te gustan los halagos, pero sí que te diré una cosa. Quiero conocerte en persona.
—Eso ni lo sueñes. Yo no podría.
—Podrás evitar que te vea, pero no que sueñe en que te veo, en mirarte a esos ojos estando a un metro de ti, en dejarme llevar por la seducción de todas las sensaciones que he sentido al verte. No puedes evitar que sueñe Raquel. No se trata de atracción física, he visto tanta ternura en ti que siento un deseo inmenso de abrazarte, en sentido figurado por supuesto. Me pareces una mujer muy dulce, tienes un encanto muy especial, tienes… Mira, son tantas las cosas que me gustaría decirte que mejor las escribo y te las envío en un mail. Ahhh.., y como seguro que en ese correo no me acuerdo de estas, mejor te las digo ahora. Tú también me pareces una persona amable y educada.
—Jajajaja. Quizá sea en lo único que aciertes Alejandro.
—Estoy seguro de que en todo lo demás también, tanto que no sé ni cómo ni cuándo pero un día tú y yo vamos a tomar un café juntos y podré apreciar si todo lo que he sentido al verte es cierto o sólo imaginaciones mías.
—Ve haciéndote a la idea de que eso no podrá ser Alejandro.
—Bien, pues de momento sólo soñaré con ello. Pero tengo que advertirte de algo.
—De qué.
—Pues que varias de las cosas que a lo largo de mi vida he soñado con enorme anhelo, luego se hicieron realidad.
—Bueno, tú sigue soñando, eso no es malo, yo también sueño cuando puedo. Nos ayuda a llevar mejor nuestra existencia.
—Sólo quiero saber una cosa Raquel. Si pudieras olvidarte de la distancia, y de todas nuestras respectivas circunstancias que lo impiden, si nada de todo eso existiera, ¿te gustaría tomar ese café conmigo?

Se tomó un tiempo antes de responder finalmente:

—Sí.
—Pues entonces soñaré con ello. Dulces sueños Raquel. Hasta mañana.
—Hasta mañana Alejandro.

Me quedé frente al ordenador mirando, o más bien admirando, aquella imagen inesperada, aquél dulce rostro de mujer que tanto me había impresionado. No la había mentido, no sentía en ese momento una atracción física por ella pese a que respondía por entero a mis gustos. Su efecto fue el de aflorar en mi interior un sentimiento cercano a mis tiempos de niñez: el de la protección. Aquél con el que soñaba viéndome rescatando a mi princesa de las fauces del dragón, o de malvados carceleros que la tenían secuestrada. Aquél que se ponía de manifiesto cuando ya en la adolescencia salía con alguna chica y alguno se metía con ella. Conmigo lo que quisieran, no entraba al trapo de las provocaciones, pero a ella…, ni tocarle un pelo permitía. Un rol de caballero que tenía muy asumido cuando salía con alguna, y del que era consciente que llevaría hasta sus últimas consecuencias. Ocasiones las hubo, pero quizá debido a mi total determinación en ese sentido, las situaciones comprometidas que se generaron en más de una ocasión no llegaron a un trágico desenlace.

Raquel me inspiraba ante todo muchísima ternura, y lo del abrazo no se lo escribí en sentido figurado, llegué a sentirlo hasta en mi piel. Pese a no saber apenas nada de su vida la veía como una mujer muy dulce frustrada en su romanticismo y lacrada con el sello de la decepción y del dolor, y pese a ello no se apreciaba ningún rencor en su mirada, sólo resignación. Ojos limpios, sin recovecos, sin disfraces, ni tan siquiera pintura en sus párpados, como tampoco en sus labios. Sencillez, franqueza, también fragilidad pese a la determinación de no romperse. Se me antojaba como una de esas rocas de los acantilados azotadas por un mar embravecido, inertes ante su ataque, resignadas a deteriorarse con el tiempo, a sucumbir ante lo inevitable, sin poder presentar otra batalla que su propia consistencia, y con el único anhelo de llegue ese día soleado, de brisa suave y perfumada, en el que ese mismo mar acariciará suavemente su piel, se detendrá en sus hendiduras y las llenará de serenidad, de calidez, de vida.

Me acosté imaginándome a su lado tomando ese café en una terraza de cualquier lugar, este no existía, sólo ella, sus ojos, su pelo meciéndose en el aire, yo hablándola, ella escuchándome con su mirada puesta en los míos, y por fin una sonrisa que aparece en sus labios, casi a su pesar, inesperada, restringida, obligando a los músculos de su rostro a dibujar aquél gesto olvidado en el tiempo, los labios aún juntos, con el pudor de quien se desviste torpemente por primera vez ese año para tomar el sol en la playa mostrando a unos desconocidos el cuerpo que ha mantenido oculto durante todo el invierno. Una nueva sonrisa, esta más suelta, con la agilidad de quien ya repite un movimiento conocido, y otra más, y finalmente otra en la que sus labios se separan intentando no alejarse demasiado, no mostrar impúdicamente la alegría de su boca entreabierta, su mano abalanzándose rápidamente sobre ella intentando ocultarla, y yo cogiéndosela, retirándola lentamente de sus labios para observar esa sonrisa arrancada de tiempos lejanos, sin acariciar su piel, sólo abrazándola con la mía, apretándola con firmeza, queriendo expresarle que ahora, en este momento en el que estoy a su lado, nada puede perturbarla, invitándola a dejarse llevar, a alejar esa soledad que expresan sus ojos sintiéndose acompañada de los míos, a disfrutar de ese dulce y mágico instante.

Iría a verla, no sabía cómo, no sabía cuándo, quizá ni tan siquiera el por qué, pero esa misma noche tomé la decisión de que la vería en persona

LA PRIMERA NOCHE

 

 

A la mañana siguiente nos despertamos tarde, al menos yo, que lo hice cuando sentí que ella se levantaba sigilosamente de la cama. Escuché las tenues pisadas de sus pies descalzos por el pasillo, cómo abría la puerta del baño y poco después el sonido de la cisterna del inodoro. El día anterior había resultado agotador para mí, y aunque esa noche había dormido plácidamente me sentía muy cansado. Al poco ella regresó. La miré mientras su desnudo cuerpo se introducía de nuevo entre las sábanas para abrazarse al mío, besar mis labios y mirarme después a los ojos con una expresión serena y a la vez perdida en la distancia, o en el tiempo. Fue una mirada que luego me acostumbré muchas veces a ver en ella, como si no me viera, más bien parecía imaginarme, o quizá nos imaginaba a los dos. Después cerró los ojos, se acurrucó a mi cuerpo y suspiró profundamente como queriendo inundarse de mi olor. Poco a poco mi cuerpo fue despertando de su aletargamiento y aumentando la sensibilidad de mi piel, y con ella, las sensaciones que me transmitía el contacto con la suya. Volvimos a hacer el amor, esta vez mucho más rápido, como si inconscientemente supiéramos que ya no disponíamos del tiempo suficiente como para deleitarnos en su placer.

Nos levantamos poco después y la ayudé a preparar el desayuno, o más bien a estar con ella en la cocina mientras lo hacía. Cuando nos sentamos a la mesa la noté algo más distante, de nuevo volvía a refugiar su mirada en la taza del café o en la tostada que untaba con mantequilla. Alzaba la vista y me miraba por unos instantes mientras le contaba detalles de mi agotador primer día de trabajo en Barcelona, aunque sus ojos delataban que su pensamiento estaba en otra parte. Voy a ducharme, se me hace tarde, le dije cuando acabamos de fumarnos el cigarrillo. Bien, voy mientras recogiendo esto, me contestó sin mirarme y levantándose ya en ese momento. Ese atisbo de frialdad me perturbó. De pronto toda esa magia que había envuelto nuestro encuentro parecía disiparse, disolverse en la cruda realidad de la distancia entre nuestras vidas cotidianas. Le ayudé a retirar el desayuno y cuando ya se quedó en la cocina recogí los restos de mi ropa que yacían en el salón. No quería hacerlo delante de ella, me hubiera sentido como un proscrito que abandona un lugar no autorizado sin dejar pruebas de su presencia allí. Llevé mi bolso de viaje a su habitación, saqué de él la ropa que me iba a poner ese día y doblé cuidadosamente la de la noche anterior, no sin antes inspeccionarla buscando algún cabello suyo o alguna mancha de carmín. Incluso la olí. No había nada idílico en aquél acto, sino más bien la consciencia de lo clandestino, la necesaria precaución ante un hecho ilícito que precisaba la ocultación de sus pruebas para protegerlo y preservarlo. Hacerlo delante de ella me hubiese parecido un acto obsceno pretendiendo eliminar cualquier vestigio suyo.

Fue entonces cuando me fijé en el ramo de rosas que estaba sobre un mueble en la esquina, aquél que le regalé la primera vez que fui a verla hacía menos de un mes, aquella que no me quedé a dormir en su casa, aquella en la que vio en mí a un simple adúltero buscando una satisfacción sexual fuera de su hogar. Se equivocó entonces y creo que ahora sabía que no era ese el motivo de estar a su lado. Quizá todo fuera mucho más fácil tanto para ella como para mí si hubiese sido así, porque en esos momentos empezaba a sentir una enorme desazón. La contemplación de esas rosas sorprendentemente disecadas, con sus pétalos oscurecidos como tintados por la nostalgia, inertes, me provocaba un mal presagio. La constatación de que el simple paso del tiempo erosiona las emociones como la brisa del viento reduce a polvo las rocas o las olas del mar redondean los guijarros. Sólo el recuerdo puede parecer inalterable, y aún así también se desdibuja o más bien se desenfoca en la percepción visual de nuestra memoria, perdiendo nitidez las imágenes antes que el sonido de las palabras que se escucharon al pronunciar te quiero, te amo, eres mi vida. De alguna manera Raquel pretendía conservar ese recuerdo, la primera vez que estuvimos juntos, casi como dos extraños, las flores que nunca le regalaron, el cariño que sintió con mis caricias esa noche antes de que la concupiscencia de mi deseo paralizara sus emociones, consciente antes de comenzar que aquello tarde o temprano tendría un final y quería dejar un vestigio de que realmente existió, de que no fue una de sus ensoñaciones o la representación imaginaria de sus anhelos. Quizá yo también había hecho lo mismo llevando mi cámara de fotos para nuestro encuentro de ayer, intentado grabar en imágenes la secuencia de todas sus emociones, su timidez, su expectación, su alegría de felicidad en esa sonrisa contenida, el tierno brillo de sus ojos cuando me miraba, y la expresión de su rostro cuando quería que la hiciera mía. Instantes fugaces de unas horas vividas con intensidad inusitada que pretendíamos atrapar desesperadamente en nuestra memoria.

 

 

 

Me afeité, me duché y salí del baño ya vestido. Me fui de nuevo a la habitación para guardar mis útiles de aseo en el bolso. La cama ya estaba hecha, todo ordenado como si nada de lo sucedido esa noche y esta mañana hubiese ocurrido realmente, ni tan siquiera se percibía el olor de nuestros cuerpos desnudos que me había embriagado al despertar. El ramo como único vestigio de mi presencia allí, indolente, indiferente a la desazón que se iba apoderando de mí. No quería irme de allí, aquella estancia me resultaba muy acogedora, como si parte de Raquel estuviera en cada mueble, en cada detalle de su decoración, su calidez, ese romanticismo tan lleno de sencillez como de ternura. Se me encogió el estómago en ese instante, paralizado en la puerta de su habitación con mi bolso de viaje en la mano, los ojos acuosos, negando lo obvio, que tenía que salir de aquella casa para regresar a la mía, y no deseaba hacerlo. Suspiré hondo, me sobrepuse como pude, dejé el bolso junto a la puerta de la entrada y avancé por el pasillo. En ningún caso le diría a Raquel las emociones que en ese momento me embargaban, no quería romper el tácito acuerdo de vivir esta anónima y furtiva relación sin promesas, sin compromisos ni pretendidas expectativas, sólo el día a día. Cuando llegué a la puerta del salón intenté esbozar una forzada sonrisa. Ella estaba en el sofá, fumando, con la cabeza baja. Me senté a su lado y encendí un cigarrillo. Pasé el brazo por su espalda hasta llegar a su hombro y la acerqué a mí, y ella apoyó su cabeza en el mío. Qué difícil resultaba todo aquello. No sabía qué decir, pero ese continuado silencio me pesaba como una losa. Dentro de dos semanas volveremos a estar juntos, fue todo lo que se me ocurrió decirle. Ella asintió levemente con la cabeza pero sin mirarme. Cuando finalmente acabé mi cigarrillo no tuve más remedio que decirle con gran dolor de mi corazón, tengo que irme ya, cielo. La besé en la mejilla y me incorporé y Raquel hizo lo propio. Me dirigí por el pasillo hacia la puerta de la entrada cogiéndola de la mano, no quería recorrer ese camino en soledad, ajeno a ella. Cuando finalmente me detuve, antes de abrir la puerta me giré y la miré a sus ojos, y ella a los míos. Vi en ellos la tristeza de un tiempo de felicidad ya agotado, como cuando suenan las doce campanadas en el cuento de Cenicienta. Ese hombre que no le pertenecía, prestado tan sólo por unas horas, la dejaba ahora sola para regresar a su hogar, con los suyos, con su mujer y sus hijos, y a ella sólo le quedaba el vacío, la ausencia, el recuerdo. Me sentí francamente mal, egoísta, violador de sentimientos ajenos. Raquel no estaba preparada para esto, en ese instante yo no creía que pudiera asumirlo, acostumbrarse a estas despedidas más dolorosas si cabe al estar precedidas por unas horas de inmensa felicidad. La abracé fuertemente y ella me rodeó también con sus brazos pero sin apretarme, como si no le quedaran fuerzas para ello. Suspiré profundamente y la besé con delicadeza en los labios, sin que ella los abriera. Antes de que te des cuenta ya estaré de nuevo aquí, fue todo lo que pude decir. Nada que pudiera consolarla en ese momento, más bien se lo dije fruto de la sensación de culpabilidad que me invadía. Envíame un sms cuando ya estés en Denia. Quiero saber que has llegado bien, fue todo lo que respondió. Abrí la puerta y me dispuse a salir de su casa, sin volverme, no quería ver de nuevo la tristeza de sus ojos, ni la puerta cerrándose tras de mí, aunque inevitablemente tendría que oírla. Nada más atravesar el umbral sentí que su brazo se aferraba al mío obligándome a volverme, entonces me agarró fuertemente del cuello y me besó con pasión, con los labios abiertos, húmedos, buscando el sabor de los míos, para poco después hundir su rostro cerca de mi cuello y sin aflojar la presión de su abrazo susurrarme:

—Vuelve Alejandro.
—Es lo que más deseo Raquel, —le respondí.

LA CENA DE EVA

 

 

Me sentía molesta, el mal humor se iba apoderando de mí, y un cierto grado de irritación también. Los minutos pasaban muy lentamente, y tú seguías sin aparecer, y lo que es peor, tu móvil estaba apagado o fuera de cobertura.

Allí me encontraba yo, sola, en la puerta del hall de ese enorme y lujoso chalet. Desde lo alto de su escalinata apreciaba la belleza de sus jardines cuyas fragancias en esa noche primaveral me embriagaban. Aromas muy diversos que se sucedían uno tras otro según la brisa del viento, y de los cuales predominaba el azahar. Los tortuosos pasillos se iluminaban débil-mente por una sucesión de antorchas situadas entre los arbustos, aunque el suelo se distinguía claramente por las balizas colocadas ordenadamente a sus lados. Inesperadamente, a lo largo de esos caminos, surgían estatuas de estilo griego iluminadas de tal forma que parecían flotar en el aire, imágenes fugaces, etéreas y llenas de dinamismo que parecían moverse al son de la música ambiental. Finalmente, la enorme piscina destacaba por el azulado brillo que le imprimían sus focos subacuáticos y el constante burbujeo de la zona del jacuzzi.

Pero todo eso lo había contemplado ya varias veces y la ansiedad se estaba adueñando de mí. Tan sólo los saludos de la gente que pasaba a mi lado me distraían de mis pensamientos. Parejas elegante-mente vestidas para una ocasión especial que hasta ese momento yo ignoraba. Los hombres me miraban con admiración mientras subían por las escaleras, y sus acompañantes me observaban sin perder detalle de mi atuendo. Alguna hubo que al pasar junto a mí me lanzó una mirada de dudoso significado.

El hall no era demasiado amplio en comparación con las dimensiones de la mansión que se apreciaban desde el exterior, apenas unos ocho metros cuadrados. Dos grandes sillones de mimbre con sus correspondientes cojines de colores muy vivos decora-dos con brocados de hilo de oro al estilo hindú, descan-saban en uno de sus lados separados por un macetero de flores compuestas de rosas rojas y orquídeas. En el lado opuesto, un coqueto taquillón con incrustaciones de marquetería servía de pie a un enorme espejo cuyo marco de madera en color dorado destacaba por la fili-grana de su talla estilo rococó. En el centro, una cortina de color rojo ocultaba el acceso al interior de la casa. Junto a ella, un atractivo joven vestido con pantalón y chaleco negros, camisa blanca y una pajarita de color malva, abría educadamente la cortina al paso de cada uno de los invitados.

Para que la espera no se me hiciera tan larga recordaba una y otra vez lo sucedido hasta ese momento, poco más de treinta y seis horas desde que salí de Córdoba con mis dos amigas aquél viernes por la mañana, y que parecían haber durado tan solo un ins-tante. Te vi en la playa cuando regresaba de remojarme en la orilla, una especie de magnetismo me hizo mirar rápidamente en una sola dirección, y la emoción se apoderó de mí fruto de la ilusión, y sobre todo, de tu mirada. Aquella que me hizo recordar la de la primera vez, aquella que me hizo sentir como una diosa, como la única mujer en el mundo a la que podrías mirar de esa manera, con esa mezcla de ingenuidad, de pasión, de deseo. Una mirada franca, sincera, desnuda, entregada, llena de satisfacción y también de admiración.

De nuevo el saludo de una pareja que pasó a mi lado interrumpió mis pensamientos. Consulté mi reloj y eran ya más de las diez. Te llamé de nuevo al móvil, pero seguía sin dar respuesta. Me estaba empe-zando a poner muy nerviosa. No entendía lo que estaba sucediendo, no le encontraba explicación. Estando en tu apartamento acababa de retocarme en el espejo del baño cuando sonó el móvil y escuché tu voz. “Lo siento cariño, se me han complicado las cosas y no puedo recogerte. Yo acudiré directamente al lugar de la cena. Dentro de cinco minutos baja a la calle y un taxi pasará a recogerte. No te preocupes, él sabe a dónde debe llevarte”.

Te pedí explicaciones, me sentía preocu-pada, pero me dijiste que no querías perder tiempo en ello para no retrasarte más, que me lo contarías después durante la cena. Me sentí algo frustrada y decepcionada Pero en fin, todo no iba a ser perfecto, y aquello solo era un mero contratiempo.

De nuevo algo interrumpió mis pensamientos. Era la voz del chico de la puerta que me decía… “Señorita, vamos a empezar, entre por favor.” Pero él no ha llegado aún -le respondí-. A lo que él me contestó: “Lo sé, el señor llamó y nos avisó, y nos dijo que le rogáramos a usted que si no llegaba a tiempo empezara en su ausencia con el resto de los invitados.”

Así que con cierto cabreo por mi parte accedí y me dirigí hacia la cortina. Fue entonces cuando me di cuenta que al lado de ella había colgado un pequeño panel con la numeración de las mesas y los nombres de los invitados que correspondían a cada una de ellas. Me detuve un instante para buscar nuestros nombres, pero el chico se acercó y amablemente me dijo que él me acompañaba hasta mi asiento, que sabía cuál era mi lugar. Abrió la cortina y me dejó pasar, para poco después adelantarme con el fin de que le siguiera hasta llegar a mi asiento.

Recorrimos un corto y alfombrado pasillo alumbrado únicamente por los focos que iluminaban directamente unos cuadros sin marco en las paredes. Se trataba de fotografías de gran tamaño en blanco y negro en las que aparecían bellísimos cuerpos desnudos tanto de hombres como de mujeres haciendo el amor.

A pocos pasos a la izquierda se abrían dos puertas de par en par que daban acceso al comedor. Una gran cristalera de forma quebrada a modo de mirador se situaba al fondo, a través de la cual se veía la gran piscina y parte de los hermosos jardines de estilo romántico que aprecié cuando entré en la finca. Había pocas mesas, creo que tan sólo cinco o seis, todas ellas redondas y con apenas seis comensales en cada una. La vajilla, la cubertería y la cristalería brillaban gracias a la fuerte luz directa con la que se iluminaban, así como el bello centro floral que adornaba cada una de ellas.

Todos los invitados estaban ya sentados y mientras seguía al chico de la puerta me sentí amplia-mente observada por ellos, incluso noté como el silencio se apoderó del ambiente acallando los murmullos que había oído al entrar.

Finalmente mi guía alcanzó su destino y separó de la mesa una silla invitándome con un sutil gesto a que me sentara en ella. Dudé un momento, pues yo esperaba a mi lado otra silla vacía, la que tenías que ocupar tú cuando llegaras, pero no era así. A ambos lados de la mía ya estaban sentados dos hombres bas-tante apuestos que me sonrieron al verme, y que galan-temente se levantaron cuando me aproximé.

Este es su lugar, escuché decir al chico viendo mi cara de cierta incredulidad. Así que en un gesto reflejo deslicé mis manos por mis nalgas y muslos para alisarme la falda a la vez que me sentaba.

Una vez me acomodé en la silla y justo cuando me giraba para colgar mi bolso en el respaldo de ella, el hombre de mi derecha me dijo: “Hola, soy Roberto, me alegro muchísimo de que estés en esta mesa…”, y se acercó a mi dándome un beso en cada mejilla a la vez que una de sus manos se posaba sobre mi desnudo hombro. Le correspondí con mi nombre y una leve sonrisa. Nada más recuperé la postura y cuando me disponía a mirar al frente para observar al resto de mis acompañantes, escuché al hombre situado a mi izquierda decirme con un inconfundible acento argentino…: “Y yo soy Francisco, y me siento muy afortunado de estar a tu lado”. Al girarme observé sus grandes ojos negros, y su fuerte complexión que rezumaba virilidad por todos lados. A continuación se acercó y me besó las mejillas, a la vez que deslizaba con suma delicadeza una de sus manos por detrás de mi nuca. Un ligero escalofrío me recorrió el cuerpo a la vez que me sentí algo turbada. No fui capaz de devolver su sonrisa, tan solo le miré, algo de lo que me arrepentí, pues dejé más aún en evidencia la sensación que me había producido aquél imprevisto roce.

Intenté recuperarme lo antes posible centrando mi atención en el resto de la mesa. Dos mujeres ataviadas con sofisticados y sensuales vestidos se situaban cada una a ambos lados de mis acompañantes, y entre ellas, justo enfrente de mí, una silla vacía que yo supuse era la que esperaba ser ocupada por ti. Me saludaron sonriendo haciendo un gesto con la mano. Mónica y Olivia dijeron llamarse. Les correspondí de igual modo.

 

 

 

Observé la mesa, el mantel, los platos, las copas…, todo dispuesto con enorme elegancia y de un gusto exquisito, y entonces me di cuenta de que había una cartulina doblada en ángulo en la que leí mi nombre. Así que no solo estaban asignados los comensales a cada mesa, sino su lugar en ella también. A su lado, un díptico de rígido papel cuché ilustrado en su portada con una copa de vino tinto y unas rosas rojas anunciaba el nombre del restaurante, La Belle Époque, y supuse que su interior contenía la descripción del menú que nos iban a ofrecer. Así que lo cogí, lo abrí y empecé a leer obviando la atención y las miradas del resto de asistentes a la mesa.

En cada una de las delicatesen que se anunciaban se indicaba su composición, y la verdad es que resultaba tan atractiva como sus nombres: Cóctel Primer Beso, Delicia de Amante, Concha Picaresca, Perdices Amorosas, Postre Fascinación y Cóctel Delirio.

La verdad es que los platos resultaban muy sugerentes, aunque esperaba que su cantidad fuera minimalista pues no tenía apenas apetito en esos mo-mentos. Nada más concluí la lectura apareció un cama-rero vestido como el chico de la puerta con una bandeja y seis copas de cóctel adornadas con cerezas de marrasquino.

Ese primer cóctel entró como la seda y todos coincidimos en su agradable sabor. A partir de ese momento se fueron sucediendo los diversos platos de la degustación servidos cada uno de ellos en originales y pequeños recipientes de cerámica esmaltada, vidrio soplado con formas caprichosas, o acero forjado y pulido con brillo espejo. Cada vez que aparecía un nuevo plato disminuía la luz ambiental, manteniéndose constante la que iluminaba la mesa, produciendo con ello un efecto más íntimo y acogedor. Las escasas dimensiones de la misma provocaba que todos estuviéramos muy juntos por lo que los roces de manos, brazos y piernas con los acompañantes de cada lado eran constantes.

De igual modo podíamos hablar sin apenas elevar la voz, y las conversaciones cada vez se hacían más distendidas y relajadas girando en torno a la sensualidad y el erotismo, quizá propiciado por los nombres y contenidos del menú cuya degustación estábamos saboreando. Lo cierto es que se palpaba un cierto ambiente de excitación lujuriosa que iba progresivamente en aumento. Yo misma, quizá por el efecto de las especias y demás ingredientes de los distintos platos, los vinos que los acompañaban, la conversación cada vez más pícara y lasciva…, el caso es que sentía como mi sexo empezaba a palpitar pidiendo guerra.

Aunque nos escuchábamos perfectamente los unos a los otros, mi acompañante argentino cada vez que se dirigía a mi lo hacía llamando previamente mi atención al colocar una de sus manos sobre mi espalda, o bien sobre mi muslo, para luego acercarse a mi oído y susurrarme un comentario con ese acento que me resultaba especialmente cautivador.

Después de terminar con el segundo plato y mientras esperaba que sirvieran el siguiente cogí el móvil y te llamé de nuevo escuchando la misma respuesta, “apagado o fuera de cobertura”. Pese al ambiente tan agradable y estimulante que existía en la mesa no podía evitar cierto estado de mal humor. Me hubiera encantado que en esos momentos estuvieras allí, frente a mí, en esa silla vacía que acusaba aún más tu ausencia, participando de la conversación general y sobre todo mirándome de esa forma que solo tú sabes hacer, y probablemente yo tendría tendencia a coquetear un poco más con mis acompañantes para que quedara más patente aún si cabe el deseo que tenían de mí, y así hacerte ver hasta qué punto debías sentirte afortunado de que yo fuera tu chica.

Cuando terminamos el postre volví a coger el móvil por segunda vez durante la cena, y te llamé con idéntico resultado. Se nos estaba pasando la noche y seguíamos sin estar juntos. Empezaba a ponerme furiosa. La compañía era espléndida pero quería que tú estuvieras allí, compartiéndola conmigo. De nuevo la mano de Francisco se posó en mi muslo a la vez que acercaba su rosto a mi mejilla y me susurraba:

– Parece que tu acompañante se va a perder la cena.

– Eso parece, no sé qué le puede haber pasado. Estoy preocupada, – le respondí.

– Es posible que se trate de una ausencia intencionada.

– ¿Cómo?, ¿Intencionada?, no creo, ¿Qué motivo tendría para hacer algo así?, -le respondí girando mi rostro hacia él con cierto grado de incredulidad.

– Pues quizá el de que te sintieses menos cohibida sin su presencia.

Me quedé inicialmente algo atónita con su comentario, pero luego empecé a pensar, y también a atar cabos. Desde luego se trataba de un restaurante muy poco habitual. Su decoración, los cuadros en el pasillo con imágenes de cuerpos desnudos haciendo el amor, el pequeño aforo del comedor así como las escasas dimensiones de las mesas para seis comensales, todos los clientes eran parejas de mediana edad, la actitud de todos ellos entre sí llena de calor y picardía, la iluminación tan sugerente como íntima… ¿Se trataba entonces del restaurante de uno de esos lugares que tú llamabas clubs liberales? No lo había sospechado hasta entonces, pero no estaba fuera de lugar, todo lo contrario, habida cuenta de la excelente relación que existe entre el placer gastronómico y el sexual. Ahora empezaba a verlo claro. Quizá sospechabas que en tu presencia yo no sería capaz de dejarme seducir, de acceder a ese juego erótico de insinuaciones y tocamientos preliminares. Porque pensándolo bien, una cosa es estar ya en plena efervescencia sexual en la que la lujuria te conduce inevitablemente a situaciones más lascivas donde el instinto y el deseo se adueñan de tu cuerpo y de tu mente, y otra muy distinta, y muy difícil además tratándose de la primera vez, consentir ese juego previo en el que eres perfectamente consciente de tus actos. O quizá eras tú mismo el que pensabas que no podrías resistir contemplar cómo otros hombres podían estimular mi deseo hacia ellos en tu presencia.

Ahora todo quedaba claro. Yo no podía comunicarme contigo a través del móvil, pero tú sí que pudiste avisar al restaurante para que me dijeran que empezase sin ti y me condujeran a mi lugar en la mesa. El argentino tenía razón, tu ausencia era deliberada, y también acertó en tus motivos, aunque creo que sólo parcialmente. Probablemente fueras tú el que no hubiera podido soportar esos inicios, ese consentimiento a que otro me tocara en tu presencia. Era lo que habías querido evitar, y también por supuesto, querías yo me sintiera más libre, menos cohibida como decía él, para dejarme llevar por el deseo. Así que esa era tu sorpresa, hacer realidad lo que tantas veces habíamos fantaseado a través de internet. La duda estaba ahora en saber en qué momento aparecerías.

Así entre risas, juegos de miradas y roces continuos llegamos al cóctel final que sirvieron junto a unas pequeñas velas aromáticas que dispusieron delante de cada uno de los platos rodeando el centro floral a la vez que se apagaba la escasa iluminación eléctrica que aún permanecía encendida. Cóctel Delirio se llamaba, y bien que le iba el nombre porque estaba riquísimo y multiplicó todas las sensaciones y estímulos que en ese momento ya estaban dentro de mí. Una vez más, y mientras yo me llevaba la pajita de la copa a mis labios para tomar otro sorbo de ese delicioso cóctel, el tal Francisco volvió a susurrarme al oído, pero esta vez con una mano que no se apoyaba en mi espalda sino que se deslizaba suavemente por ella, y la otra encima de mi muslo, cuyo calor a través de la fina tela de mi vestido parecía quemarme. Sentí el roce de sus gruesos labios sobre el lóbulo de mi oreja y decidí alargar mi brazo para dejar la copa sobre la mesa en un intento de no evidenciar que la mano con la que la sostenía me empezaba a temblar.